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martes, 17 de octubre de 2017

Orden


Varios elefantes marchaban en fila entre las altas hierbas.
Cuando era pequeño me gustaba ir a la esquina de General Mola con O’Donnell, para ver al guardia urbano que trabajaba en ese cruce. Estaba subido en una especie de pollete redondo de cemento pintado de rojo y blanco, con una barandilla metálica blanca. El guardia urbano siempre mantenía el codo de su brazo derecho en un ángulo de 90 grados, mientras su otro brazo parecía empujar a los coches, ora mirando a General Mola ora a O’Donnell, con su uniforme azul marino, sus grandes guantes acharolados en blanco y su sombrero como un salakof. Los coches esquivaban su mollete y circulaban fluidamente.
Sabía que era un sueño porque los elefantes no volaban, pero casi oía la música: con el un, ... dos ..., tres cuatro, con el un ..., dos,... y él solo había visto a un elefante triste en la casa de fieras del Retiro el otro día con María y la niñas. Tendría que hacerle caso a su mujer con las cenas porque cada vez que comía más de la cuenta tenía aquel tipo de sueños.
Se levantó mientras María seguía dormida y preparó su jornada de trabajo. Se afeitó en el baño. Se puso su uniforme gris oscuro, sus charreteras blancas acharoladas su banda blanca cruzada sobre el pecho y, finalmente sus grandes guantes. Cuando cerró la puerta de su casa, María y las niñas seguían dormidas antes de que sonara el despertador para ir al colegio. En el autobús miraba con una cierta complicidad a la gente, vestido con su uniforme y los guantes. Se bajó en la parada del autobús 21 muy cerca de su púlpito, y cuando se subió él, los coches empezaron a obedecerle, ahora los de la izquierda ahora los de la derecha,... 
Una fila de soldados con sus uniformes de camuflaje obedecían al que gritaba: "...rodillas arriba, fusil en alto, no perdáis el orden,...."
Esta vez también se dio cuenta que era un sueño. Cuando se levantó de la cama siguió su rutina diaria. Al llegar al púlpito primero empezaba a dar paso por la izquierda, luego por la derecha, se acordaba perfectamente como había terminado el día anterior. Los coches bien ordenados haciendo caso de sus precisas ordenes, derecha, izquierda, como cada día.
Esta semana había sido particularmente buena y esperaba que su jefe lo mencionara en la reunión de los viernes por la tarde, el cruce había sido ejemplar. Y le gustaría saber más de ese invento, los semáforos, que parecía que iban a instalar por toda la ciudad.
Apoyado en la verja del Retiro, fría, veía al guardia urbano y me maravillaba cómo organizaba el tráfico. Coches elegantes azúl oscuro o utilitarios, la mayor parte seat seiscientos de todos los colores: azules, blancos, rojos, ochocientoscincuenta, marrones y blancos, estaba seguro que necesitábamos a ese hombre para organizar el tráfico.
Entre una posición y otra, con su codo siempre a 90 grados, se bajó de su púlpito blanco y gris, y se puso a hablar con el conductor del Seat seiscientos oscuro que venía por General Mola, quería saber si se lo había trabajado lo suficiente para dejarlo pasar, luego con el simca mil clarito, luego otro seiscientos, esté gris claro. A todos les preguntaba si habían hecho su trabajo y si le habían dedicado suficiente tiempo, a los que habían trabajado los dejaba pasar. Hacía lo mismo con todos los coches que querían pasar. El escenario le resultaba tan conocido, el púlpito, la esquina del retiro,... que no era capaz si saber si eso era lo que quería, si era real o si era un sueño.

lunes, 16 de octubre de 2017

La abuela

El domingo por la mañana, Ana saltó literalmente de la cama para ver qué tiempo hacía. Un cielo azul espectacular respondió a sus oraciones. Despertó a sus padres saltando encima de su cama. Estos la miraron con ojos de no entender lo que estaba diciendo.

-    ¿Puedo? ¿Puedo ir a comer a casa de la abuela Anita?Puedo ¿verdad?, hace sol.

A sus 14 años ya era capaz de interpretar las señales del metro o de las paradas de autobús, además, el smart phone que le habían comprado era perfecto para el caso de que se perdiera, siempre podía llamarles y preguntar, o buscar la información que necesitaba, era lógico rentabilizar la cantidad de horas que se pasaba mirando embobaba aquel aparato. Vivían en un barrio alejado del centro, pero la ciudad era bien moderna y el transporte público era de “primer mundo”, rápido, limpio, seguro, y llegaba a todas partes.

Ana disfrutaba estando con la abuela. Le contaba mil cosas, tenía el pelo blanco; tocaba el piano; de joven había tenido un vida loca que solo le contaba a ella. Siempre cientos de anécdotas, cómo era su ciudad cuando era joven; personas que había conocido y que ella había descubierto en los libros de clase. Sabía que la llevaría a comer fuera de casa y luego a aquella pastelería donde ponían aquel dulce tan bueno; por la tarde le tocaría en el piano no importaba lo que le pidiera: moderno, antiguo o clásico.

Ana era un fan de la abuela. La abuela Ana le describía un mundo fantástico en donde ella esperaba hacer grandes cosas.

Aunque a su padre le incomodaban la cosas que no eran estrictamente necesarias, su madre puso una cara entre ilusionada y encantada viendo la mujer en la que se estaba convirtiendo su hija. Ella siempre defendía a su madre. Su padre mantenía las distancias. No podía entender lo que Ana sacaba de ver a su abuela, pero era capaz de complacer a su mujer. Si embargo tenía un papel que hacer, se resistiría..

-    Quítate de encima y vemos si hace sol de verdad. A tu abuela le gustará que vayas a comer, la pobre no tiene nada que hacer, ¡que vida tan aburrida! ¿Seguro que quieres irte tan lejos?¿Todo el día? ¿Qué tiempo hace?¿Sabes cómo llegar no? Estarás un buen rato de viaje, ¿seguro que sabes como se va? ¡Ya puedes ir con cuidado!

Antes de llegar al metro pasó por la tienda de “chuches”. Siempre estaba muy animada, aunque fuera domingo, en el banco de madera de delante siempre había gente sentada. En la puerta  un corro de gente con “chuches” hablaban de cosas divertidas y variadas, del futuro o de lo que le pasó a tal, algo sorprendente, que les llenaba a todos de admiración. O los descubrimientos del transporte público y hasta dónde los podía llevar. Andrés era uno de los que bebía cerveza en el banco. Algo tenía que le invitaba a hablar con él. Se parecía a alguien que la abuela conoció de joven. La gente del banco eran mayores.

-    ¿Que tal?
-    Aquí, disfrutando del sol, dijo Juan.
-    ¿A donde vas tan guapa?. Andrés apoyó la pregunta con su mirada.
-    Voy a ver a mi abuela.
-    ¿Si? ¿No le llevarás una jarrita de miel?¿no?
-    ¡Nooo!, te gustaría mi abuela, ¡toca el piano!
-    ¿De verdad?¿Y qué toca?
-    Oh lo que le pidas, es mayor pero se sabe cualquier cosa que tu quieras.

Se sentó un momento en el banco entre Juan y Andrés, a ella le dejaban sentarse aunque no fuera mayor.

-    ¿Y donde vive?
-    Bueno,  tengo que coger dos metros, primero la línea 10 luego la 5 y bajarme en la cuarta.
-    ¡Bien lejos! dijo Juan
-    ¿Y porque no vas en bús?, dijo Andrés, el 54 te deja ahí mismo. Con el día que hace es un mal rollo enterrarse bajo tierra. Hoy domingo no habrá tráfico y no tardarás mucho más.
-  ¡que va!, es el 64, el 54 te lleva haca Chamberí.

Si Andrés tenía razón con el 54, de verdad que le apetecía mucho más el autobús, aunque tardará más.

-    ¿El 54?¿De verdad que lleva allí?
-    Juan también afirmó lo del 54.
-    Sí, seguro.
- Jorge negaba con la cabeza.

Ana comprobó en su teléfono que el 54 pasaba cerca de casa de la abuela.

-    Tenéis razón, mirad, le aviso al conductor y me bajaré aquí, enseñando el mapa en su teléfono.

Se pusieron de pie.

-    Te acompaño.
-    No hace falta que me acompañes, se esforzó en decir.
-    Es aquí mismo.

El autobús 54 llegó al cabo de un rato, ella se despidió y subió.

-    Cuéntame cómo te va con tu abuela.
-    Mañana te cuento, gracias, adiós.

Al perder de vista el autobús, Andrés echó correr hasta la parada del metro.


Al cabo de un buen rato, en el banco, Juan se preguntó dónde estaba Andrés, la parada estaba al lado y no debería tardar más de diez minutos en volver. Tal vez había conseguido ligar, ¡que perro!

jueves, 12 de octubre de 2017

El terremoto

Esta mañana el aire es transparente y deja ver el Popocatépetl y el Isla, los volcanes que guardan Puebla, que remontan gigantes sobre el suelo. Localizada a consulta, un café para hacer tiempo y la tierra tiembla, solamente algo tan grande como los volcanes pueden hablar tan alto como para decirme que estoy en el lugar equivocado. Mi impresión es que dura apenas unos segundos, pero mi celular se queda callado por dos horas, y después la TV contará que no han sido segundos sino el inicio de un drama formidable.
Todo empezó años atrás, cuando el medico me confirmó que tenía una enfermedad nerviosa degenerativa que no tenía cura y que me haría perder el equilibrio, tarde o temprano. Muchas veces me he preguntado porqué, porque a mi, y maldecido mi suerte. Pero ahora ya no me hago estas preguntas y me limito a vivir lo que puedo. Por eso soy incapaz de responder a la pregunta de porqué estoy en Puebla el día que el suelo tiembla.
Meses antes un amigo me explicó, con entusiasmo, que en Puebla había alguien capaz de curarme, a pesar de lo que decían los médicos. Poniendo en duda la razón que ha gobernado toda mi vida, ir a la consulta era a cambio de casi nada, por lo que decidí invertir.
La consulta es bastante sombría, a lo que contribuye la falta de luz provocada por los volcanes. La decoración es como se podía esperar: cuadros de Cristo, del Papa Juan Pablo II, y presidida por una virgen y una vela que he visto en tantos almacenes, con enormes carteles de una compañía de telefonía prometiendo precios espectaculares.  Dos cuartos, tres puertas. Un cuarto con sillas de castigo, el otro con sillones. En el primero carteles amenazantes prometiendo resultados perversos (¡se acabará la consulta!), a menos que se guarde silencio. Ya se sabe que siempre que hay una colina por conquistar, o una curación que obtener en este caso, un sargento mantiene el orden y el silencio, haciendo que los pacientes se desplacen innecesariamente bien ordenados en sillas y sillones, según un orden pre establecido, en este caso el sargento es una señora con el ceño fruncido. Los pacientes parecen desechos humanos y uno esperaría que salieran por esa puerta con cuerpos de Cary Grant, pero no es así, y me pregunto, una vez más,  porqué estoy ahí, mi cuerpo no es un desecho y mi mente ya ha llegado a una conclusión: no hay de otra. ¿Porqué estoy aquí?
Por fin llega mi turno. La doctora viste de blanco hasta los zapatos. Todavía en estos momentos mi mente está buscando explicaciones razonables: a lo mejor tengo algo que se puede mejorar en mi vida, la aceptación de la situación por mi cabeza, por ejemplo, pero eso yo ya lo he hecho. Lamentablemente todo queda en un intento de sacarme 10.000 pesos en todas las medicinas naturistas que tiene, y en amenazarme con abrirme la cabeza en enero para curarme, puesto que dice, que esto es posible.
Tenía que haberle hecho caso al terremoto y a mi razón. YO es mucho más que mi cuerpo, YO es mi historia, mis amigos, mis ganas de hacer cosas que casi son difíciles para mi cuerpo, como ir a donde la tierra tembló: ¡ya estoy curado!

Sebastián

Sebastián 

Se había mudado desde casa de su abuela y ahora estaba sólo. Vivió con ella desde que murieron sus padres. De niño se recordaba a sí mismo sentado, mirándola como embobado cómo tocaba el piano, sus finas manos paseando arriba y abajo por las teclas. Ella le descubrió la adolescencia, sus opiniones y posturas como rocas, construidas a lo largo de toda su vida. “todo está en los libros”, decía levantando la vista del piano. 
Su vida, dede que vivía solo, era parecida a la de una película, en la que nada conseguía apartarle de la lectura. Era capaz de buscar significados ocultos a cada línea que leía. Algunas veces las interpretaciones que hacía de las historias que leía eran tan complicadas que construían un universo en el que vivía a gusto. Ella murió hace pocos días y unos operarios le trajeron su piano.

El primer día que se enfrentó con él y su enorme volumen de madera negra y sus delicados adornos y dibujos dorados contra la pared, al levantar la tapa fue como tensar las cuerdas de un arco y probar las teclas, descubrió que sonaban. Contrató a una profesora. Le resultó extrañamente familiar y aprendió rápido. 
Empezó a gastar su tiempo tocando, pero aquel día no podía dejar de leer aquel relato. El protagonista parecía estar a punto de reunirse con su amada y, de repente, le pasaba algo extraordinario que le separaba de ella, entre grandes desgracias, pero la separación no era real. Cuando la noche empezaba a ser, a través de la ventana del salón, se sentó al piano, se arremangó la camisa y golpeó las teclas, generando notas que sonaban extrañamente reales en una melodía que le resultaba conocida. Ahora leía otro libro, iba de un ser humano que buscaba una razón para vivir, y que le hizo preguntarse si a él le faltaba algo, o si tendría que buscar la respuesta fuera de las paredes de su casa, o si no le hacía falta nada más que los personajes de sus relatos. El personaje lucía una cuidada barba y estaba decidiendo si la barba estaba de acuerdo con la importancia que el protagonista le daba a su aspecto físico o no. Cuando salía del baño, el espejo le devolvió una imagen nítida. Por la mañana, tan temprano que ni siquiera la luz entraba por la ventana, después de la ducha y antes de tomarse su dulce y diario tazón de leche, volvió a sentarse al piano, comprendiendo que había llegado a su casa como parte de una relato en donde el protagonista se acerca a su destino inexorablemente, dando sentido, por fin, a su vida. Se dio cuenta que nunca había estado realmente sólo, siempre con sus personajes, necesitaba estar sólo, de verdad.


Aquella mañana Sebastián se sentó al piano y sus manos empezaron a acariciar las teclas. Las notas sonaban y sonaban, subían y bajaban, salían por la ventana, colmaban su cabeza, sus manos paseando arriba y abajo por las teclas que se convirtieron en ventosas que atraían sus dedos. Cuando, avisados por sus vecinos, se lo llevaron tuvieron que separarlo del piano en el que Sebastián repetía, una y otra vez, la melodía que oía de joven y que le enseñó su abuela.

domingo, 8 de octubre de 2017

Lágrimas

Hace unos días mi conclusión era clara. Estábamos condenados a un conflicto en el que el primer muerto le daría ventaja a quien lo sufriera. Pensaba en las posturas absolutamente irreconciliables; en la grave ofensa a los independentistas que no habían hecho nada malo; en el miedo a ser robados por su vecino o algo mucho peor del resto; la emoción e ilusión implantada con mentiras a la otra mitad de un pueblo; en un gobierno prisionero de sus obligaciones internacionales, españolas y del, teóricamente, 53% de la población catalana.

No veía ninguna solución y estaba triste, muy triste.

Pero claro, solo la gente preocupada por sus problemas (¿esto también es populismo?) podía aportar alguna solución. La mayoría silenciosa ha hablado, ha hablado el 53%, y ahora el 47% ni siquiera podrá apostar por los muertos de nadie, no será rentable. Le he preguntado insistentemente a mi familia independentista qué es lo que quieren, pero no saben lo que quieren, solo saben qué herramientas necesitan que les ha dicho un independentista (independencia, república catalana), cuando hay muchas otras. Este independentista ha disimulando muy bien cometiendo tan grave irresponsabilidad como para hacer que yo pensara que no había solución.


Me considero un estúpido por haber derramado mis lágrimas esta mañana.