lunes, 16 de octubre de 2017

La abuela

El domingo por la mañana, Ana saltó literalmente de la cama para ver qué tiempo hacía. Un cielo azul espectacular respondió a sus oraciones. Despertó a sus padres saltando encima de su cama. Estos la miraron con ojos de no entender lo que estaba diciendo.

-    ¿Puedo? ¿Puedo ir a comer a casa de la abuela Anita?Puedo ¿verdad?, hace sol.

A sus 14 años ya era capaz de interpretar las señales del metro o de las paradas de autobús, además, el smart phone que le habían comprado era perfecto para el caso de que se perdiera, siempre podía llamarles y preguntar, o buscar la información que necesitaba, era lógico rentabilizar la cantidad de horas que se pasaba mirando embobaba aquel aparato. Vivían en un barrio alejado del centro, pero la ciudad era bien moderna y el transporte público era de “primer mundo”, rápido, limpio, seguro, y llegaba a todas partes.

Ana disfrutaba estando con la abuela. Le contaba mil cosas, tenía el pelo blanco; tocaba el piano; de joven había tenido un vida loca que solo le contaba a ella. Siempre cientos de anécdotas, cómo era su ciudad cuando era joven; personas que había conocido y que ella había descubierto en los libros de clase. Sabía que la llevaría a comer fuera de casa y luego a aquella pastelería donde ponían aquel dulce tan bueno; por la tarde le tocaría en el piano no importaba lo que le pidiera: moderno, antiguo o clásico.

Ana era un fan de la abuela. La abuela Ana le describía un mundo fantástico en donde ella esperaba hacer grandes cosas.

Aunque a su padre le incomodaban la cosas que no eran estrictamente necesarias, su madre puso una cara entre ilusionada y encantada viendo la mujer en la que se estaba convirtiendo su hija. Ella siempre defendía a su madre. Su padre mantenía las distancias. No podía entender lo que Ana sacaba de ver a su abuela, pero era capaz de complacer a su mujer. Si embargo tenía un papel que hacer, se resistiría..

-    Quítate de encima y vemos si hace sol de verdad. A tu abuela le gustará que vayas a comer, la pobre no tiene nada que hacer, ¡que vida tan aburrida! ¿Seguro que quieres irte tan lejos?¿Todo el día? ¿Qué tiempo hace?¿Sabes cómo llegar no? Estarás un buen rato de viaje, ¿seguro que sabes como se va? ¡Ya puedes ir con cuidado!

Antes de llegar al metro pasó por la tienda de “chuches”. Siempre estaba muy animada, aunque fuera domingo, en el banco de madera de delante siempre había gente sentada. En la puerta  un corro de gente con “chuches” hablaban de cosas divertidas y variadas, del futuro o de lo que le pasó a tal, algo sorprendente, que les llenaba a todos de admiración. O los descubrimientos del transporte público y hasta dónde los podía llevar. Andrés era uno de los que bebía cerveza en el banco. Algo tenía que le invitaba a hablar con él. Se parecía a alguien que la abuela conoció de joven. La gente del banco eran mayores.

-    ¿Que tal?
-    Aquí, disfrutando del sol, dijo Juan.
-    ¿A donde vas tan guapa?. Andrés apoyó la pregunta con su mirada.
-    Voy a ver a mi abuela.
-    ¿Si? ¿No le llevarás una jarrita de miel?¿no?
-    ¡Nooo!, te gustaría mi abuela, ¡toca el piano!
-    ¿De verdad?¿Y qué toca?
-    Oh lo que le pidas, es mayor pero se sabe cualquier cosa que tu quieras.

Se sentó un momento en el banco entre Juan y Andrés, a ella le dejaban sentarse aunque no fuera mayor.

-    ¿Y donde vive?
-    Bueno,  tengo que coger dos metros, primero la línea 10 luego la 5 y bajarme en la cuarta.
-    ¡Bien lejos! dijo Juan
-    ¿Y porque no vas en bús?, dijo Andrés, el 54 te deja ahí mismo. Con el día que hace es un mal rollo enterrarse bajo tierra. Hoy domingo no habrá tráfico y no tardarás mucho más.
-  ¡que va!, es el 64, el 54 te lleva haca Chamberí.

Si Andrés tenía razón con el 54, de verdad que le apetecía mucho más el autobús, aunque tardará más.

-    ¿El 54?¿De verdad que lleva allí?
-    Juan también afirmó lo del 54.
-    Sí, seguro.
- Jorge negaba con la cabeza.

Ana comprobó en su teléfono que el 54 pasaba cerca de casa de la abuela.

-    Tenéis razón, mirad, le aviso al conductor y me bajaré aquí, enseñando el mapa en su teléfono.

Se pusieron de pie.

-    Te acompaño.
-    No hace falta que me acompañes, se esforzó en decir.
-    Es aquí mismo.

El autobús 54 llegó al cabo de un rato, ella se despidió y subió.

-    Cuéntame cómo te va con tu abuela.
-    Mañana te cuento, gracias, adiós.

Al perder de vista el autobús, Andrés echó correr hasta la parada del metro.


Al cabo de un buen rato, en el banco, Juan se preguntó dónde estaba Andrés, la parada estaba al lado y no debería tardar más de diez minutos en volver. Tal vez había conseguido ligar, ¡que perro!

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