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domingo, 14 de agosto de 2011

Amanecer


No sé porqué, pero a mi cabeza llegan las imágenes de viejas películas en blanco y negro, sepia tal vez, en donde varias personas aguantan la cola de un avión antiguo, azotados por el aire de la hélice, sujetándolo por la cola antes de soltarlo a la magia de volar.

Al salir del aeropuerto, a la izquierda, se ve una luna llena dos palmos por encima del horizonte, iluminando con luz fantasmal todo el paisaje llano. A la derecha, el horizonte empieza a clarear adivinando una poderosa fuerza, invisible todavía, que acabará iluminándolo todo. Y cuando pasas el puerto de Navacerrada entiendes la magia de volar por encima de los pinos. No puedes hacer otra cosa que bajar la ventanilla del coche para sentir que estás allá donde tus ojos te están trasladando.

A la derecha, la bola del mundo con sus dos cohetes rojo y blanco como los de Tintín, en “Viaje a la luna”. Si miras por debajo de las copas de los árboles, ves el suelo color pinaza y el verde de los helechos y un poco por encima del suelo infinitas líneas rectas color pino hasta que el horizonte las hace parecer un fondo pintado, en donde no hay nada más que troncos y líneas, ningún resquicio.

Y si miras por encima de las copas, porque estás arriba, como volando, ves las copas verde oscuro de los pinos como un tapiz fino puesto por un gigante para suavizar los valles y montañas, perfil brusco que se adivina por lo lejano, debajo del tapiz.

Y ahora sí, a la derecha, el sol entre amarillo y rojo, trepa por encima del horizonte, y las nubes que se ven como algodones en las zonas de sombra y casi del mismo color que el sol del amanecer que las está disolviendo.

Y el ruido del viento en la cara, adornado con el ritmo del paso de los quitamiedos moviéndose en el borde de la carretera. Y el olor a resina, a helecho verde, a fresco del verde oscuro del tapiz, añadido a la claridad de un amanecer demasiado reciente para estar caliente.

Y después de las Siete Revueltas, en el puente de los Mosquitos ya estás dentro del paisaje, más fresco aún. Los arboles se han convertido sobre todo en troncos color tronco de pino de Valsaín, y siguen siendo rectos, hacia arriba, pero ahora se ven anchos y fuertes. Se ve que no son paralelos y uno los adivina inclinados por el peso de la nieve en invierno, generando más fresco todavía, a pesar del verano.

Ya no se ve el tapiz de las copas, pero el arroyo del agua y el verde del helecho no consiguen ganarle la batalla al color de la pinaza y al de los troncos.

El túnel vegetal final de hojas haciendo una bóveda por donde pasa la carretera anuncia el final del viaje al atravesar las puertas y ver al fondo el palacio entendiendo su porqué, sabiendo a ciencia cierta porqué no se construyó en otro sitio que el de La Granja de San Ildefonso.

lunes, 4 de julio de 2011

Travieso o estúpido costumbrista


¡Barajas! ¡Hemos llegado!  Carreteras de tres carriles y más, sin agujeros, tráfico. 
Llamadas de teléfono que no se cortan. Un hotel NH, todo en su sitio. Calles, direcciones, alternativas. Casi derramas unas lágrimas con el tacto y el sabor de una lubina a la sal, con salsa tártara y Verdejo. Aparcamientos en la calle, la ORA, autobuses tráfico, sueño: jet lag.

Madrid, La Castellana, ancha y limpia, solo por placer es bueno cruzarla. Luz, luminosa, intensa, deslumbrante.

Camino de San Sebastián: autopistas, peajes justos. El  paisaje se hace verde, los caseríos, las ovejas en la pradera verde empinada, no más calor. Cultivos ordenados, radares. ¡Qué bonito es España, Antolín! que el tour empieza hoy.

Desde Igueldo, La Concha, Ondarreta, ordenado, limpio, el mar, la arena. El besugo del puerto ya no me hace derramar lágrimas, pero me hace repetir. Gente por la calle, aceras, sonrisas, pendientes, mujeres arregladas, gran clase, sonrisas, punkies, gente por la calle. Idiomas extranjeros, francés, francés, inglés, euskera. Una simple caña, ¡vida!

Y de vuelta, el verde se hace dorado y las montañas se convierten en praderas, luego en llanuras doradas. Túneles, radares, peajes,,…

La Granja, por fin, pero calor, familia. Solo huevos fritos y patatas fritas, solo frambuesas. Alguien bajando a pié por Navacerrada sin camisa pero con cascos, ¿qué música oye? Yo la del coche, pero bajando la ventana el aire hace ruido y huele: la música.

Y de nuevo Madrid, y la Castellana y Barajas. Limpio, ordenado. ¡Gente! ¡Vida! Y el viaje a Barcelona, cuando llegas al aeropuerto, y el taxi esperando: amplio, aire acondicionado, limpio. En Barcelona algunas casas construidas solamente por el placer de algo elegante, sin necesidad y los chaflanes de las esquinas, y el tráfico respetando os carriles…


viernes, 14 de enero de 2011

Bogota III

Hace tiempo que tengo claro que para conocer una ciudad es muy difícil ir de turista. Las cosas siempre tienen una cara, una pose y se ven a través de un cristal que filtra, para resaltarlos, los extremos y oculta las cosas que de verdad te afectan. Las cosas se ven y se conocen, son dos cosas diferentes.

Como me pasó en mi juventud con Barcelona, algunas ciudades son para hacer el amor y entonces es necesario mucho más que estar, y es necesario compartir la vida, enamorarse. No creo que con todas las ciudades se pueda hacer lo mismo, ni siquiera aunque sea el sitio en donde naciste.

Cuando vives una ciudad aprendes a encontrar ambientes, sabes a donde ir, sabes qué se puede hacer, amoldas o acoplas tu horario con el de la ciudad, a más cosmopolita más fácil. Encuentras a los que la pueblan y la comparten contigo, sabes en donde los puedes encontrar cuando los necesitas, no necesariamente para compartir algo con ellos, sino para crearlo juntos: el ambiente.

Te acostumbras al ruido. Todas tienen uno característico. Te acostumbras a lo malo de la ciudad con igual facilidad con la que lo compartes todo, porque vives dentro de algo que afecta a casi cualquier cosa que haces.

No he vivido Bogotá, pero me da la sensación que es un posible objeto de deseo. Sus atascos, su tamaño, pero su gente, su forma de hablar: el español que conozco que más difícil me resulta entender. Su contaminación que no he sentido nunca. Y es cosmopolita y encuentras cualquier cosa a casi cualquier hora. Y el paisaje de obras, tan común como si se tratara de árboles o jardines. La gente que vive en Bogotá y que no se corta en contártelo. Y lo variado que resulta la ciudad entre el nivel 0, indigentes y el 6, alta sociedad, nivel asignado y por el que se miden los impuestos que se pagan.

Y no se merece su aeropuerto. Invariablemente que tienes que pasar por El Dorado te enfrentas a un reto físico. Mi media sigue siendo de tres horas para salir, de pié, haciendo fila, y el otro día tardé solamente dos horas en diferentes filas en llegar, es decir, en montarme en un taxi después de bajarme del avión.

Hoy, mi vuelo salía a las 6:00, y pedí un taxi para estar en el aeropuerto dos horas antes, como mandan los cánones. Lo temprano de la hora hacía previsible un trayecto rápido desde el hotel, nadie por la calle. Hacía previsible un tiempo de transito menor en el aeropuerto hasta llegar a estar cómodamente sentado, en la sala de embarque. ¿Facturar? Rápido. Pero la sala de embarque todavía tardaría en llegar…

Como si se extrañara él mismo, como si el aeropuerto tuviera alma, la ausencia de fila de inmigración parecía un atentado al orden natural al que era necesario poner remedio. Así que, nada mejor que esperar 45 minutos para formar la fila antes de permitir el acceso, la sala de embarque un poco más lejos. Sentado en una silla de la sala de espera rodeado de pasajeros tumbados en las sillas contiguas, 45 minutos no se hacen muy pesados mientras la fila va tomando su tamaño natural.

¿Control?, normal, como en cualquier otro aeropuerto.
¿Inmigración?, normal, como en cualquier otro aeropuerto. 

El ejército hoy no está, tal vez los criminales que buscan solamente hacen horario más normal. Por fin la sala de embarque. Record, solamente una hora en llegar. Y después de trabajar, cómodamente sentado, anuncian el inicio del embarque,… pero no, claro, estamos en El Dorado y lo que hay que hacer es desalojar la sala de embarque para volver a formar fuera, otra fila. Definitivamente, creo que el aeropuerto tiene alma, y no se ha dado cuenta de que vive en Bogotá y vive de filas.

(Escribo esto subido en el avión, cuando anuncian un retraso indeterminado para el despegue).

viernes, 29 de octubre de 2010

Sancocho con gallina de patio



El sancocho es un plato que he probado en Panamá y en República Dominicana. Es una especie de cocido en donde se ponen muchas cosas, se sirve bastante líquido y se acompaña con arroz. La verdad es riquísimo.

Hoy he entrado a comer en un restaurante típico, de barrio, en Panamá, típico, no turístico, porque yo debía de ser de los primeros extranjeros en visitarlo, y solamente porque estaba ahí, por trabajo. El sancocho estaba fantástico y el restaurante, pocas mesas, pequeño, lleno de parroquianos disfrutando de diferentes platos.

Sombrero gris de ala, bien calado, gafas oscuras con montura de nácar blanco, modernísimas, muy rectas en el puente, oscuro. Camisa fuera de los pantalones, de cuadros azules, micrófono negro en la mano. Llevaba el ritmo despacio, con los zapatos negros lustrados, y suaves movimientos flexibles de los hombros. Cualquiera hubiera dicho que era un disco, o una copia ilegal, porque su movimiento y su abultada figura no se notaban al fondo del Rincón de Eva.

Pero su voz se notaba armoniosa al son Panameño. Todo parecía un cuadro, desde el Sancocho hasta Eva apoyada en la barra con papeles en las manos, pasando por esta gramola de carne y hueso, ideal con una voz de matices, que rimaba incluso con el nivel de conversación de este pequeño rincón. Su son no ha parado en toda la comida.

No sé si en España estaríamos hablando de gallina de corral, pero el sabor del sancocho, el sonido del ritmo y el ambiente del restaurante, componían una escena que, si le hubiéramos preguntado a cualquiera, hubiera dicho que estaba en Panamá.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Volando otra vez



Los aviones despiertan en mi la necesidad de escribir. No tanto por el glamour que representan, hoy todo el mundo vuela, ni por la tecnología, resulta increíble que estos trastos vuelen, sino porque es una total y auténtica pérdida de tiempo. El aeropuerto de salida, la llegada con antelación; el “streptease” de seguridad; el tiempo de vuelo, apenas tienes una sensación de auténtica velocidad cuando el avión acelera en a pista; los trámites de aduana en la llegada; el tiempo de espera de las maletas,… ¿Suficiente para olvidarse del glamour y del orgullo de raza? Seguro que es por ña gran cantidad de tiempo que se pierde.

Cuando volaba entre Madrid y Barcelona era una hora de vuelo para atravesar media península, medio país. Aquí en una hora has atravesado dos países, lo que da una idea de tamaño de Centroamérica. Saliendo de El Salvador, en una hora llegas a San José en Costa Rica, sobrevolando medio Costa Rica, medio Salvador y un Nicaragua. San José a Panamá es menos de una hora travesando medio Costa Rica y medio Panamá.

Lo que resulta sorprendente para mi es que para ir de Panamá a San José en coche se tarda más de 12 horas. La falta de infraestructuras en Centroamérica es enorme. Y aparece la relatividad de los tamaños, porque de Madrid a Barcelona en coche es un trayecto de unas cinco horas.

Y las preguntas de siempre: ¿falta de dinero para construir?¿es imposible construir por la geografía o el clima?¿hay falta de voluntad de hacerlo?¿no hay ninguna necesidad? Me imagino que pasa un poco de todo.

Como muestra, por si es una pista, desde el aeropuerto a San José hay una autopista de tres carriles que se reduce a dos en los puentes. Hay un puente, en particular, en el que se generan unos atascos (presas) formidables siempre. Ya hay una decisión, se ha asignado un presupuesto y el puente estará en reparación y se aumentará a tres carriles,  por lo que esta auténtica arteria permanecerá con un carril por sentido mientras duran las obras. Entiendo que Alajuela y San José, las dos principales ciudades del país que une la autopista permanecerán casi aisladas durante ese tiempo.

No conozco las condiciones de la decisión, muy elaborada supongo, en razón del tiempo que ha costado tomarla. Tal vez hacer un puente nuevo, en paralelo, fuese más barato si se analizara el perjuicio que se va a causar al país la reparación.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Nuestro pequeño mundo



He observado, por mis hijos adolescentes, una tendencia a identificar como conocidas muchas de las cosas que ven. Un día, este señor se parece a un conocido, éste que va en el coche es tal, solo porque el coche es amarillo y tal tiene un coche igual.

Recuerdo algo que me pasó a mi mismo, hace 15 años. Supongo que, como dice el tópico, igual que en Tokio, pero yo estaba en México, en el aeropuerto de México, creo que volviendo a España. Allá no es posible estar solo, una multitud te rodea siempre, y recuerdo que estaba especialmente poblado aquel día. A mi me acompañaba el delegado de mi oficina y nos estábamos despidiendo en medio del gentío y el ruido.

No recuerdo si fue espalda con espalda, si yo le vi la cara, o él vio la mía primero, pero su cara me resultó familiar, y era él. Un Uruguayo que conocí en España, muy amigo de mi mejor amigo. En segundos vinieron a mi cabeza “El delantero murió al amanecer”, viendo el puerto de Barcelona, en donde lo comentamos y reímos con la novela de Vázquez Montalbán. Las pocas veces que pudimos vernos, tal vez 20 años atrás, la empresa en donde mi amigo, él y yo coincidimos trabajando en Barcelona, las relaciones profesionales, personas que trabajaban con él cuando volvió a Uruguay, los Uruguayos que conozco,...., escenas.

Pasamos una hora más, al menos, en la sala VIPS intentando recuperar y reconstruir lo que hablamos 20 años atrás, nuestra vida desde entonces, nuestra realidad que a 10.000 km de nuestras casas, estaba más cercana a nuestros trabajos, a porqué estábamos ahí, que a nuestras historias. Creo que también intentamos encontrar afinidades en nuestros trabajos para repetir un sorprendente encuentro.

Luego no nos hemos visto más, 15 años. Hoy Internet, el “Facebook” y este tipo de cosas, aplicaciones reales de la tecnología, hacen el mundo cada vez más pequeño. Si yo tuviera que localizar a alguien en Birmania, por ejemplo, a quien gustaran las novelas de Montalbán y hablar con él, sería posible encontrarle, e incluso verle la cara sin gastar dinero. Por eso tienen tanto éxito las redes sociales.

¿Será lo de mis hijos tal vez una necesidad del ser humano de hacer más pequeño, suyo y cercano el enrome mundo en el que vivimos? ¿Será que yo también estoy haciendo lo mismo con mis hijos, interpretando como general una conducta que es solamente de mis hijos? ¿Es el mundo mucho más pequeño de lo que nos parece? ¿Es que los hombres y nuestras relaciones personales son lo importante? ¿Será que nuestra vida solamente está compuesta de recuerdos?

Mejor lo escribo y así no se me olvida, tal vez alguien pueda contestar.

viernes, 23 de julio de 2010

Panamá


Ya era el último día. Al salir de mi habitación con las maletas hechas se repite una situación que ya empieza a ser familiar. La habitación está a veinti-pocos grados, mantenida por el aire acondicionado, que ha estado sonando toda la noche. Al abrir la puerta de la habitación, que da al exterior, se siente un golpe de calor y humedad en la cara y en todo el cuerpo. Hace mucho calor y humedad en Ciudad de Panamá.

El cielo está empezando a clarear, pero es gris oscuro.

El taxi me lleva rápido al aeropuerto. A estas horas el atasco es en sentido contrario, para entrar, y las calles y la autopista están despejadas, poca cola en las casetas de pago, grandes colas de entrada.

A la derecha el pacífico, la marea bajando en una interminable y suave pendiente plateada. Sobre el pacífico, el día todavía no ha empujado el azul al cielo. Sobre la costa, empinados y altos edificios en Ciudad del Este. Nubes enormes de gris más oscuro cubren a pedazos el gris del cielo. En el otro lado un cierto tono anaranjado anuncia que el día va a empezar, el gris del cielo ya tiene luz.

Circulando con verde a ambos lados, al taxista, que antes me ha felicitado por el campeonato del mundo de fútbol, alegría compartida, se le escapa otra frase que me suena conocida, señalando los mangles, la hierba, los frondosos árboles verdes: "para alimentar el canal".

Las represas del canal se alimentan para subir el nivel de un barco del agua dulce natural, y al bajar el nivel la tiran al mar, la gravedad hace el resto, energía natural, pero el consumo de agua dulce es enorme. Esta agua solamente se genera con la lluvia. La consciencia del tajo central del canal, y la fuente de ingresos que supone, hacen de ese sentimiento una constante en Panamá y la frase se repite: "el verde sirve para alimentar el canal, hace que llueva".

El aeropuerto es como cualquier otro en el mundo. Al salir del taxi, otra vez, con el aire acondicionado y al abrir la puerta golpe de calor y de humedad.

En Panamá hay una forma de hacer las cosas que el panameño identifica como propia, sin complicaciones, anti-burocrático, práctico. La formalidad no es necesaria si las cosas se hacen. He cenado varias veces y el esmero por cómo se prepara la comida, por cómo la sirven, parece contradecir esta identidad. 

Otra cosa que se adivina es la presencia del canal. Las enormes filas de enormes barcos esperando para entrar. El camino entre ciudad de Panamá y las islas cercanas construido con deshechos del canal. Panamá sorprende por el calor y por el sky-line de la capital, poco conocido, concentrado de edificios altos que hacen preguntarse de dónde sale tanta gente para ocuparlos, tal vez no sea necesario,…

sábado, 24 de abril de 2010

En el océano equivocado

No me gusta demasiado contar esta anécdota, por lo mal que lo pasé. Resulta que yo desvié un avión de pasajeros en medio del Atlántico.

Un día me subí en un avión en Madrid rumbo a Santiago de Chile. Después de unas cuatro horas de vuelo, mi cabeza identificó los síntomas. El dolor producido por un cólico nefrítico, una piedra en el riñón, es imposible de olvidar.

Las siguientes horas hasta que pude avisar a mis amigos que esperaban en Santiago de Chile de que tenía enfrente el océano Atlántico fueron horrorosas.

Soy bastante alto y el espectáculo de verme tumbado en el pasillo del avión, rodeado de azafatas y botellas de cava con agua caliente, temblando de dolor debió de ser enorme.

Aunque no había ningún médico a bordo, todo se puso de mi parte para acortar la agonía. El protocolo dice que es necesario aterrizar en el aeropuerto más cercano, en este caso Las Palmas. Los pasajeros o las caras que alcanzaba a ver, sufrían conmigo y esperaban dejarme lo antes posible para que terminara mi sufrimiento. La tripulación de Iberia se portó magníficamente bien.

Cuando el médico subió a buscarme me preguntó si me ponía el calmante en el avión o en la ambulancia. Supongo que sabía que mi sufrimiento estaba a punto de terminar porque salí del avión con los pies por delante y lo suficientemente consciente como para oír a un pasajero discutiendo a voz en grito con el comandante reclamando sus derechos.

Cada vez que lo veo en la televisión diciendo tonterías me acuerdo de aquellos segundos. Era un político, el primer portavoz del primer gobierno de Aznar, para no dar nombres.

martes, 16 de febrero de 2010

Costa Rica

En la habitación, recién amanecido, el silencio y la temperatura dejan una sensación de control, solamente penalizada por el leve “run run” de la máquina del aire acondicionado. El azul del cielo tras las ventanas se antoja como de postal, con nubes blancas de algodón, como en los cuentos, algunas alargadas por el viento que debe de soplar arriba, porque en el jardín no se mueve ni una sola hoja. El murmullo del mar apenas es imperceptible, se siente solamente una vibración en la cama, amanece temprano.

Cuando abres la puerta y sales al balcón, te sientas en una tumbona a escuchar el mundo. El mar deja de ser una vibración para convertirse en un sonido a respetar. En el balcón es todo lo contrario a silencioso y calmado a estas horas de la mañana. Multitud de voces conforman un coro.

Por aquí pasan dos loros verdes, aleteando rápidamente, con su vuelo recto. En las ramblas de Barcelona estarían en una jaula para deleite de los niños; aquí apenas el color verde es una pincelada de color entre el verde del jardín. Pero su grito de “aquí vamos” mientras vuelan, consigue imponerse al del mar, durante unos segundos. Hay unos pájaros negros, parecidos a garzas, que hacen unos ruidos difíciles de asociar a pájaros. Otros pasan  volando rápidamente, haciendo voces, como si se tratara de un despertador. Luego los finos cánticos de un pájaro que no veo pero que podría ser un canario, se me antoja que tiene que ser pequeño.

Se oye el chorro de una manguera, parece que regando. El césped está cuidado. Las palmeras son limpias, con su tronco desnudo, sus hojas sin enredos y sin mezcla de ramas, todas en su sitio. Las palmeras dan un toque exótico al jardín del hotel. Hay mangos, que contrastan con las palmeras, por sus hojas alargadas y sus líos de ramas entrecruzadas. Otros árboles, algo más secos, sorprenden porque están secos; nunca hubiera pensado que era posible en Costa Rica una estación tan seca que hiciera disminuir el verde salvaje hasta verde mezclado con amarillo.

El balcón tiene dos tumbonas de madera y está rodeando de una valla blanca, que no es de madera, revelando que no se trata de un hotel con tradición, sino de un hotel nuevo. Curioso que nadie hace muchos años no descubriera el Océano Pacífico, y se viniera a hacer aquí unas casas de madera para contemplar la puesta de sol que vimos ayer al llegar.

La marea estaba bajando, la arena oscura hasta hacerse negra, el sol descubriéndose desde detrás de unas nubes para salir corriendo a esconderse bajo el horizonte. Las olas rompiendo y arrojando agua sobre la suave pendiente de la playa, que después volvía, dócil, pero constante hacia el mar, casi haciendo perder el equilibrio.

Las propias huellas en una playa vacía, larga, larga, limitada a ambos lados por las rocas de la costa y al frente por el cielo entre naranja y gris por la bruma, entre azul pálido por el anochecer, el negro oscuro de la arena y el verde de la vegetación, esta sí salvaje, asomada a la playa.

En algunas zonas de la playa multitud de cangrejos ermitaños, pequeños, con conchas alquiladas, haciendo carreras hacia arriba de la pendiente de la playa. Y otros cangrejos grises, de camuflaje, que corren de lado a una velocidad increíble.

Ya he localizado al jardinero, gorra violeta de visera desteñida, camiseta blanca de publicidad roja. Rostro oscuro, pantalones curiosamente a juego con la gorra, pero más desteñidos.
La rompiente estará a unos doscientos cincuenta metros, pero por el sonido se adivina una ola salvaje, potente, capaz de transformar dura roca negra en fina arena negra, con un color azul irisado bajo una pequeña película de agua. Es un ruido que envuelve el resto de sonidos.

El mar parece sentir placer al golpear la arena, revolviéndose sobre sí mismo en la pendiente para después, levantarse y golpear.

jueves, 21 de enero de 2010

El paraíso

Todo empieza en un avión de una línea aérea de US que me tiene que llevar de México a San Francisco. Pasillo y salida de emergencia, si es posible, reza mi latiguillo eterno, con mi sonrisa, a la chica de turno de facturación.

Pues vaya, resulta que esos ya se lo saben y si Ud. quiere salida de emergencia, tiene más sitio para los pies, entonces Ud. puede amablemente pagar 77 u$d de exra cost. Supongo que el precio es lo que hay que pagar para tener más probabilidades de salvar la vida en caso de accidente. Pregunto si también hay que empujar, pero mi educación cierra mi boca automáticamente. Obviamente las bebidas y el desayuno, en un vuelo de cuatro horas y media, si lo quiere, es pagando.

Me niego por principio a pagar por ninguna de esas cosas, forma de sacar el dinero a la gente. Cuando me dan un vaso de agua, este gratis, asombro, el agua parece del grifo de Barcelona. Y no es que tenga nada en contra de Barcelona, de hecho estoy tan profundamente enamorado como se puede estar de una ciudad,… ¡pero el agua!

Por lo que se ve en el avión, también están ahorrando en personal de limpieza. Recuérdame Pedro que nunca más volemos con ellos.

Al grano, que se me olvida, Las colas de inmigración de San Francisco no son comparables con las que recordaba la última vez que entré en el paraíso por Miami, estas son pequeñas.

Has decidido previamente que le vas a contar toda tu vida al oficial, sea cual sea la pregunta, si tienes amante, si vendiste cromos cuando eras joven, si el hotel al que vas tiene king bed o double bed,… en fin, estas dispuesto a contarle tu vida, pidiendo un sello y que te dejen entrar en el paraíso.

Después de registrarte las huellas digitales de los diez dedos y de hacerte una foto, a pesar de tener una visa, de explicarle de donde vienes y a donde vas, no solo mañana sino el resto de tu vida. ¿Qué hará en República Dominicana la semana que viene? Le contesto que tengo una querida que me espera pero que no se lo diga a mi mujer, pero mi educación me cierra la boca automáticamente ¿Y que vende? Y tengo que resumir los 15 últimos años de mi vida en tres frases cortas, además en inglés, que resulten verosímiles. Esta vez no es mi educación sino mi inteligencia la que abre mi boca para esbozar tres frases inteligentes y comprensibles.

Un sello y se abren las puertas del paraíso, que sí lo es, a su estilo.

Últimamente comparo el nivel de vida de cada país que visito por su eficiencia en entregarme la maleta. Ayer en México 10 policías miraban como un perro husmeaba todas las maletas, tiempo estimado de espera 60 minutos. Hoy, aquí, apenas estaban cuando he llegado.

Espacios inmensos, suelo limpio, baños perfectos, todo de grandes dimensiones, todo fácil, todos los modelos de Ray Ban que estabas buscando, por ejemplo, tiendas para todo, orden, concierto.

Aquí el viejo cuento/excusa de que somos demasiados para resolver las aglomeraciones y los atascos, se resolvió hace tiempo, será la abundancia de suelo, o de recursos.

Ahora no es ironía, ahora estoy afirmando que ver esto, estar aquí, vivir aquí, aparentemente, vale la pena.

Siempre que viajo a USA salgo con la misma sensación de asombro y admiración. Esta vez el sentimiento final es el mismo, aún cuando he tenido alguna información más reveladora un poco más crítica.

Tres filas en la autopista a velocidad lenta, una libre, la gente no la usa porque es solamente para coches con dos o más ocupantes, asombro de civismo. Bueno, la multa es de 450 u$d.

La flexibilidad del mercado de trabajo es enorme, pero un mozo de almacén cobra 2500u$d. Dicen que el efecto de despedir sin que cueste nada es similar, a ponerle un precio elevado. El mozo de almacén es igual que en España, intenta trabajar lo menos posible, se va en cuanto puede.

Empresas inmensas con un mercado inmenso que han tenido fácil hacerse así. La crisis les ha sorprendido igual, mismos errores que en España, el tamaño no importa.

Cada día es más difícil distinguir entre causas y efectos, porqué son capaces de hacer las cosas tan grandes  y uno no entiende si la razón es que las hacen muy grandes.

Cada día el asombro por el civismo y sus resultados, más civismo son debidos al gran civismo que existe.

Desde luego, es la frontera del paraíso.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Viña y Valpa

La playa de Viña del mar hace mucha pendiente, señal de mareas grandes. Cuando estiras la toalla en lo alto de la pendiente, el mar parece un escenario; fondo de dos azules, océano y cielo, y tablas en donde rompen las olas, pasean las parejas o los solitarios; se entrenan los adolescentes, juegan los niños.


El sol se va acercando por la tarde a la estela brillante que pinta en el mar desde el horizonte hasta la playa. La marea sube, ya está a media pendiente. Las olas siguen con su ritmo imposible, ruido profundo que a fuerza de ser repetido, acostumbra la cabeza.

Los vendedores, molestos al principio, con su alta letanía, imposible de descifrar, van pasando cada vez menos frecuentemente. El descubrimiento es que no todos dicen lo mismo. Al fin entiendo a uno que habla de “¡...no se qué frescos a sien!”

Viña es como cualquier otra playa de un lugar turístico que haya conocido. El calor, el sol, la luz,... El Pacífico se empeña en marcar la diferencia. Sus aguas no son transparentes como las del Mediterráneo o el Caribe. El color es azul acero, con olas solo en la orilla, quieto, pero con una quietud amenazante. Se lo ve y uno se lo imagina profundo, denso.

A lo lejos, barcos esperando por el puerto de Valparaíso, apoyandose en el océano. Grandes barcos que se ven grandes incluso en la distancia.

La playa parece bastante domesticada. No hay duchas ni socorristas, pero hay un paseo y debajo un camino de maderas para sacudirse la arena. La arena es amable, más oscura y algo más gruesa que la de mi Mediterráneo, será para camuflarse más fácilmente con el océano.

Hay puestos en el paseo. Un malecón con ocho pilares medio derruido soporta una grúa, cuyo color oxidado disimula la herrumbre y parece una escultura de diseño.

Lujosos edificios bordean el paseo, espaciados, altos, acristalados. Un paseo en coche revela calles bien trazadas, casas bajas, anónimas, son para el verano, claro. Las cuadras tienen números; las calles que van al norte se llaman así, con uno, dos,… Las perpendiculares Oriente y Poniente, todas también con un número. Organización que te sorprende porque enseguida eres capaz de saber dónde estás, adonde vas, y que hay después.

Valparaíso está a lo lejos, misterio. ¿Será el valle o será el paraíso? Mañana, después de la playa y el sueño, iré a descubrirlo.

No es lujo. Fuerte olor a pescado en un mercado de domingo. Los colores disimulan la pobreza. ¡Qué colores! Casas azules, ocre, violetas, rojas, verdes,… Hasta las chapas de Uralita parecen estar pintadas de color óxido.

Más de una docena de funiculares (ascensores) te permiten subir rápido a los cerros que rodean la bahía y en donde está construido Valpa, por cien pesos. Todos los ascensores tienen un nombre propio: El peral, Larraín, Lecheros, Mariposa,… como si fueran parte de la ciudad y necesitaran sentirse calles, con nombre.

Están escondidos. Cuando subes en uno, no importa cual, los colores de las casas te rodean, y descubres vegetación. A medida que subes descubres el mar brillante, plano, dentro de la bahía. Ahora los barcos sí parecen grandes, están cerca, casi tan cerca como las grúas, grises, blanco y rojo, estas sí moviéndose para descargar.

Los barcos de guerra en el puerto provocan la sensación agridulce de admirar sus siluetas como animales marinos majestuosos, y pensar para qué sirven, para la guerra, auque algunos piensen que “defensa propia” es suficiente argumento para construirlos.

Y alcanzas a ver más ascensores y estás rodeado de casas que tuvieron su indudable esplendor. Grandes, de madera o de piedra, con pinta de palacios o de casas para vivir, siempre de muchos colores.

Me siento a contemplar la bahía, el puerto a mis pies, Viña a lo lejos, su playa desde aquí tiene el color de todas las playas: ocre; no pacee oscura. La grua de diseño, ahora negra, se distingue en la distancia.

En una de las plazas a las que subo se está rodando algo, son americanos. Los gringos tienen prioridad absoluta en este mundo. El mirador precioso, restaurante prometedor, se convierte en un bar. No volvería a sentarme allí, aunque no dejaré de subir a ese ascensor: Valparaíso.

Seguro que fue fuente de inspiración. El orgullo que destilan sus colores tuvo que dejar inspirado a más de uno. Esa inspiración, la bahía, tuvo que generar esos colores.

Viña es fantástica, pero se pueden encontrar sucedáneos, villas parecidas, mismo o mayor lujo. Valparaíso es irrepetible. Ojala hubiera podido estar aquí hace 100 años.

29/11/2009

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Paseando por Bogotá

He descubierto el mundo paseando con mi mujer. Cuando estoy en viaje de negocios, raramente hago turismo, y cuando voy con ella, raramente averiguo a priori lo que hay que ver.

Para mi aquello que hay que ver no necesariamente es lo más interesante, y hacer la relación de los lugares de interés te quita tiempo para encontrarte con lo inesperado o insospechado.

Obviamente confío en esa relación cuando no voy solo puesto que es la única forma de evitar que te pregunten aquellos que soportan el relato de tu viaje, sobre todo si va con fotos, ¿y no estuviste en…?

También es verdad que una búsqueda aleatoria te dejará sin ver cosas que realmente te hubiera gustado ver.

Supongo que otra vez el punto medio es el mejor de los acercamientos y hay que ir a determinados sitios, pero dejarse un tiempo para improvisar.

El otro día y para variar, y por suerte, me llevaron a pasear por Bogotá. Al castellano le sobran palabras, o debo decir, que no le faltan y que el concurso de Pasapalabra sí contiene vocablos que en un sitio desconocemos, pero que se usan en otros.

Ni se te ocurra pedir Chicha o Guarope, porque al día siguiente lo pasarás en el baño lamentándote. Sin embargo es la bebida preferida de los chicos que la toman de colorines, según el encargado de la fonda del gato, en donde cuelga una placa de “Aquí se fundó Santa Fe de Bogotá…”. La Chicha y el Guarope son bebidas fermentadas de maíz que, claro está, para conseguirlas más baratas, alguien añade química para hacer más rápida la fermentación, de eso trata la globalización local de la piratería.

Si vas por La Candelaria un festivo te encuentras como con casi todas las plazas que conozco, grandes, llenas de gente, con la única salvedad de que aquí hay llamas, con su mirada de desconfianza fija, para que monten los niños, muchas palomas, gente dándoles de comer o patinando o en bici, corros de gente viendo bailar,… igual que cualquier plaza en cualquier sitio en donde se hable castellano.

Si quien te lleva a pasear y está interesado de verdad en que conozcas Bogotá, te llevará a comer gallina y patacón. También descubrirás que el asfalto no está a la altura de los coches, o debería decir al revés, ya que solo un buen 4x4 puede circular por alguna de las calles de la ciudad.

Y después puedes ir a La Calera, fuera de Bogotá, al otro lado de la montaña, en donde no sé porqué, uno se encuentra puestos de dulces de cien colores, y si pruebas uno que te parece familiar, resulta que lo único que tiene de familiar es que está buenísimo, porque después está hecho con cosas desconocidas como el arequipe.

Y también está el Bogotá moderno, el centro comercial en donde puedes encontrar las mejores marcas del mundo, abarrotado de gente, con los niños revolcándose en la nieve, que resulta ser solamente una manta blanca. Y cenas en un sitio que bien podría estar en Madrid en Londres o en Paris porque es de la misma cadena, igual. Ya es Navidad aquí también, con sus luces.

¿Porqué lo moderno tiende a ser igual?

Aquí la única palabra rara que es encuentras es Juan Valdés, cadena de establecimientos en donde venden un café fantástico, estilo similar al star bucks pero con café de verdad que, por cierto, aquí le llaman tinto.

Al recoger el coche del parking en La Candelaria, el sujeto que dirige el tráfico a la salida, o dicho de otro modo, al que hay que dar algo, si quieres, para salir, te pregunta si eres de Londres o de España y, tras aclarar con orgullo la diferencia que hay, se interesa por el equipo al que le vas, el Barça es bien visto, y por si conoces a un torero colombiano, un tal Cesar Rincón,…

Descubres lo falso de las cosas que "hay que ver" puesto que como español, supuestamente, deberían gustarme los toros y debería saber quien es Cesar Rincón, lo cual me queda bastante lejos.

Y si le preguntas a algún local cómo de turístico y falto de realidad es este relato, la verdad es que no tengo respuesta.

Bogotá 16/11/09

viernes, 18 de septiembre de 2009

Casa de Campo

Estar solo en un Resort caribeño fuera de temporada, te hace sentir todavía más solo. Ahora es, teóricamente, temporada de huracanes y los americanos no vienen por aquí. El tiempo es caluroso y la presión se siente por el calor húmedo y la falta de gente a la que observar.

Como no hay otra solución, la vista se fija en cosas, estáticas, o como si lo fueran. Por ejemplo ese ventilador de techo que gira desesperadamente para provocar un poco de corriente de aire, y es desesperado, porque la luz que cuelga debajo de las aspas que giran se tambalea de un lado para el otro.

O, por ejemplo, en la música brasileña de fondo que está presente en cualquier lugar supuestamente romántico, o en la bachata, especie de ritmo de salsa de Dominicana, en cualquier otro lugar que, en temporada, estará animado y repleto de gente.

Ayer, cenando en un romántico restaurante, solo, en una paya lista para capturar una postal ejemplar del Caribe, las luces iluminan la transparencia del agua, reflejando el fondo como para querer mostrar que las aguas son transparentes, mientras que una línea de espuma blanca señala una cadena de rocas 200 metros mar adentro, antes de la oscuridad.

Todas las mesas vacías, inmaculadamente blancas, tienen un candil encendido. En momentos como este entiendo la competencia: conseguir la mejor mesa del restaurante, pero sin nadie que te la discuta, no te da ninguna satisfacción.

Curiosa la historia de esos insectos que vuelan sin descanso alrededor de los focos. Supongo que la distancia es la mínima para no quemarse. Es como el riesgo o el amor, se acercan lo más posible, se separan, descansan, mantienen la distancia hasta que, inexorablemente, se queman en el foco. Otro toma su lugar, el foco, objeto de deseo, siempre rodeado de amantes.

El armazón del techo de donde he cenado hoy es de madera, y la cubierta de hojas de palmera. Se ve el trabajo, que debió de ser largo, para trenzar las hojas a la armadura. Me pregunto que pasaría si un huracán azotara la isla, porque ese techo debe de ser tan laborioso de construir como fácil de desmontar por una naturaleza enfurecida.

Al bajar del carro de golf, aquí te dan uno nada más entrar para poderse mover por el hotel, un cangrejo ermitaño se movía por el camino con su casa a cuestas, más grande que él, del que solo se veían las patas corriendo frenético para huir de mi sombra, enemigo potencial para él, que no tiene per sé ningún peligro.

Los focos, por la noche, iluminan el verde, escondidos. Hojas grandes y redondas, hojas finas, arena blanca. Tumbonas que, de día, deben de ser imprescindibles para leer y tomar una piña colada, el sabor que, para mí tiene el calor y la humedad. Un bote suspendido a escasa distancia del fondo, supongo que para pasear en lugar de leer.

El Resort es todo lujo. Si el lujo se mide en lo que se cobra por todo y en lo que no se regala, este es de súper lujo. Aparte del hotel, Casa de Campo es un conjunto de villas de lujo que compiten en su ostentación disimulada.

El golf es una especie de bálsamo para hacer transcurrir el tiempo más rápidamente. Te concentras en la bola, en el campo e intentas que el juego sea un pasatiempo a medias entre el paseo, cansado, contemplar el paisaje, fantástico, y,… la conversación.

Rolando es un negro muy oscuro y muy grande, el caddy que intenta no aburrirse contemplando lo mal que juego al golf, e intentando imaginar cómo puede hacerlo para sacarme algo de dinero que ayude a mantener a su familia. Es toda la conversación que puedes encontrar detrás de esa idílica postal, si no es temporada.

El paisaje es verde, húmedo y caluroso...

viernes, 10 de julio de 2009

Cuento: Cenando ayer, desde mi atalaya

Ayer casi nada podía ser imperfecto. La luna llena iluminaba el mar que forma Atenas. El Partenón iluminado en la distancia ocultaba, no sé como, todos los andamios que la luz del sol y el calor nos habían mostrado horas antes sobre la Acrópolis. Paloma estaba radiante, un día siguiente sin tener nada que hacer, después de muchos días de actividad febril, casi de supervivencia.

En el hotel de Gran Bretaña. La sensación de estar en casa, El Mediterráneo debe de tener algo de mi casa, porque los griegos se esmeraban por servirnos para que me sintiera en mi casa. Calor a medianoche.

Desde mi mesa apenas vi llegar a una pareja, me los encontré ya sentados y solamente podía ver la espalda de ella. No era una espalda sensual, demasiado delgada, sus músculos y sus costillas se marcaban. Apenas podía ver otra cosa que su espalda cuando se ponía medio de perfil para atender a su pareja. Creo que su vestido era verde, pero su espalda desnuda es lo único que podía ver.

Y su pareja, ojos como platos de admiración, de amor, besos, caricias en los brazos para mostrármelos igual de delgados que su espalda. Había algo de atractivo en aquella espalda. El tiempo de preparación, supongo. La habilidad con que su pelo ocultaba su cuello y la posible sujeción de un probable vestido.

El escenario seguía estando allí, vivo. El murmullo de todos los comensales daba vida a un salón abierto al cielo, a una terraza, sin pared con la luna y la Acrópolis. La gente lo estaba disfrutando. El maitre, el camarero, intentando hacer que la cena fuera mucho más que un alimento, un rato mágico, un escenario del que formar parte, Athenas, cuna de dioses, de la civilización del colegio. Escenario igual que otros escenarios del Mediterráneo en donde todo colabora para ser mortal, perecedero, casi perfecto, casual, estudiado.

La imagen de aquella espalda y aquellos ojos de su pareja, infinitamente orgullosos, momentáneamente, el ser más importante del mundo, la cabeza que proporcionalmente era más grande que el resto de su cuerpo, camiseta a medio camino entre el rosa y el rojo. Ojos como platos que no le cabían en la cara, sorbiendo de su bebida, sin dejar de mirar, orgulloso.

Mi mujer me parecía a mi el elemento principal de todo aquel escenario, la luna la acompañaba, y la Acrópolis al fondo, y el murmullo.

Solo había algo que desentonaba. Eran las doce y en aquel restaurante, de lo mejor de Atenas, la pareja que acompañaba a la espalda era un niño de seis o siete años, cuyas miradas de orgullo, por estar ahí, también eran de orgullo por acompañar a su madre. No debería haber estado.

Esa historia quedaba fuera de todo el escenario y parecía ser la primera hoja de un cuento que nadie me contará nunca.

domingo, 3 de mayo de 2009

Cuba tiene Swing

En mis esfuerzos por vender en tiempos de crisis, he tenido que viajar al otro lado del Atlántico para ayudar a LEUTER en México. Allí la crisis no es como aquí, y los posibles clientes siguen escuchando frases mágicas como: ‘…si invierte esto, ahorra esto otro en menos de un año…’. Argumentos como este es lo que realmente sabemos hacer en LEUTER.

Me invitaron a un congreso de logística para empresarios Mexicanos y Centro americanos en Cuba; era mi primera vez en la isla.

Cuando uno ve varios kilómetros de malecón con una sucesión de ‘palacios adosados’,… en ruinas; cuando mira a través de los cristales de la habitación de uno de los mejores hoteles de La Habana,… apenas, porque llevaban muchos meses sin limpiarlos, cuando uno trata con la gente de allá, no sé si solamente pude hablar con la gente que está en contacto con los turistas (resolver esto se ha convertido en una asignatura pendiente para mi),… y cuando escucha música por todas partes,… le entra a uno una sensación de pena y frustración enorme.

La mejor cosa que he encontrado al otro lado del Atlántico, en México y en general en centro América, es que la crisis no inunda todas las conversaciones; la gente sigue pensando en esforzarse, igual que antes. Tal vez deberíamos recordar cuando nos esforzábamos en mejorar las cosas. Hace 30 años en España teníamos una sana envidia por emular a los países avanzados, aprendimos que para llegar a donde estaban ellos era necesario trabajar todos los días, esforzarse. Teníamos corrupción, amiguismo, las cosas siempre eran mejores fuera,… ¿Nos hemos olvidado de lo que hemos conseguido? ¿Teníamos más recursos que los que tenemos ahora, con la crisis, para superar todos los obstáculos y avanzar?

Hasta hace unos meses la gente nos pedía poder hacer MÁS cosas con MENOS recursos. Hoy, se mueve menos mercancía y la gente nos pregunta cómo hacer para mover MENOS cosas por MENOS dinero. Esa es la única ecuación que parece valer estos días.

Con Cuba de canción de fondo, intenté sacarle punta a la situación que veía y algún paralelismo a mi trabajo y a la logística.

Cuando un cliente confía en nosotros para resolver los problemas que nos plantea, casi nunca somos capaces de transmitirle que, además de resolver los problemas de los que es consciente, hay otras muchas cosas que no se ha planteado y que nosotros somos capaces de aprovechar para mejorar la eficacia de sus almacenes.

De eso se trata cuando una empresa contrata a un especialista, contrata a la experiencia de quien sabe qué cosas funcionan y cuales no, y a quien huele las situaciones y es capaz de hacer las preguntas adecuadas.

Cuando una empresa intenta resolver los problemas de su almacén por sí misma, si dispone de buenos recursos, tiene oportunidades de hacer bien las cosas. Igual, si su opción es hacer un sistema de gestión de almacenes internamente. Con buenos recursos una empresa puede hacer un buen sistema. Si los logísticos son buenos transmitirán buenas ideas a los informáticos. Si estos son buenos harán buenos programas, y los buenos logísticos serán capaces de implementar los mejores procedimientos en el almacén.

En caso de elegir esta opción, me gustaría que no les pasara como a los bien intencionados cubanos que han intentado hacer todo a su propio estilo, internamente, poniendo en cuarentena cualquier experiencia, buena o mala, consiguiendo que ningún imperialista o capitalista se robe nada, pero no consiguiendo casi nada de lo que el imperfecto mundo occidental ha conseguido.

Claro que, oyendo hablar a algún dirigente, la situación, medida con parámetros occidentales que nadie puede contrastar, viendo el nivel de educación de la gente para no saltarse un semáforo, para no aceptar dólares, para no saltarse las reglas básicas en general, algo chirría.

Chirría escuchar que la culpa de su situación es de los americanos y su bloqueo, de los huracanes y de la caída del imperio soviético. Cuando las culpas siempre son ajenas, es casi una demostración de que el verdadero problema está en su interior.

Este mes encontrará en la revista una hoja que resume mis artículos de diciembre, enero y febrero, que le servirá para analizar la situación del almacén y ver qué cosas está haciendo bien y cuales son manifiestamente mejorables. Está escrito con palabras simples para que cualquiera pueda entenderlas. Espero que les sea útil.

Pedo Puig (pedro.puig@leuter.com)

lunes, 1 de diciembre de 2008

Cuento: Las Vegas


Las máquinas tragaperras, su sonido, su luz, las máquinas, esperando que su suerte les juegue una buena pasada y consigan que alguien se siente delante a alimentarlas.

Ellas comparten su sitio con los niños que pasean con sus padres, ignorantes que las máquinas empobrecen. Aquí no hay enganche, es imposible quedarse en una, hay que ponerse en otra diferente y en otra más,... Así es imposible sentirse atrapado y los destrozadores de fortuna se convierten en meros jugadores en busca de un jugador.

Ahí esta ese filet mignon, acompañado por unos espárragos, contemplando como van cayendo las zanahorias, la salsa, la patata asada y el filete, bocado a bocado. No quedará nada, inexorablemente, lentamente, sin vergüenza.

Aquí en Las Vegas no hay pets, animales de compañía, que se quedan de vacaciones en sus jardines mientras sus dueños y sus hijos se van a ver a las máquinas y su música.

Sin embargo existen algunos animales. Esa morsa, no sé si alcanzan ese tamaño en libertad, que está triturando el filet mignon, con sus 140 kilos de peso, tan rubia, tan segura de su papel, que devora lentamente su plato diario de forraje animal, a 80 dólares el plato.

Aquí hay unas señoras vestidas de oscuro, muy elegantes, con su enorme escote, sus resaltadas tetas y sus minifaldas. Todas maquilladas parecen señoras dignas de ser atendidas, pero no. Los clientes son niños, barrigas con bermudas, morsas descansando de comer, mujeres planas, delgadas, en general feas, largas y sin arreglar, grandes armarios,.... Ni se fijan en las elegantes señoras que llevan vasos de palomitas para atender las indigestiones de las máquinas.

¡Y el camarero! Salido de su más pura representación, sus gestos estudiados y aprendidos, su correcta pronunciación en francés de los platos y los saludos políticamente correctos. Exhibe una barriga debajo de algo que, ojala fuera escritor para saber cómo se llama, yo le llamaría mandil. ¡Qué correcto, que educado!

Sin embargo, claro, siempre existen clases, ahí está el sumillier, supremo dios del francés, el restaurante del filet mignon. Su mandil es negro, de piel de canguro para poder incubar los tapones de corcho sacados con gesto indiferente pero importante. ¡Cómo es la postura abriendo la botella!, ¡Cómo la forma de verter y preguntar al señor por la calidad del vino! ¿Lo habré visto antes? El vino, por definición de vino industrial es imposible que esté mal y solo se llama vino por ser francés el restaurante. El señor solamente lo es por pagar 80 dólares por plato.

¡Claro!, no es que lo haya visto antes, es que se parece al de la película, no me preguntes cuál, del italiano de pelo gris claro, no canoso, sino teñido, que se empeña en hablar inglés perfecto como si fuera americano, cuando todo el mundo sabe que, con ese pelo, piel y segunda piel en forma de traje solamente puede ser italiano.

En mi ciudad había una fuente. Una fuente hecha por un ingeniero inspirado y precoz, y única en el mundo, un espectáculo visto innumerables veces en mi niñez, no lo apreciaba entonces sino por lo que aseguraban los mayores, hasta mi madurez, en donde he podido comprobar que tenían razón, espectáculo fantástico, agua, música y color.

Cuando uno ve reproducidos a tamaño casi real París o Nueva York o Montecarlo (Monte Carlo, por cierto), todos juntos pegados y enlazados por una montaña rusa, aquí no se llama así o no estarían pegados por eso, es fácil entrar en un hotel de diez mil habitaciones y esperar que después de ver los cuadros de Dalí o de Picasso que se han visto comprados a un precio que les ha permitido pagarse el lujo del viaje desde donde fueron creados, la fuente debería estar ahí, trasladada o reproducida.

Pero no, no es igual, no tiene colores, pero es más grande. También es más hortera, pero da igual, ¿qué es hortera? Aquí los ingenieros no son inspirados sino legión preguntando: ¿qué hay que hacer? Seguro, por dinero no es, y convertirán mi ciudad en un pueblo. Eso sí, con posibilidad de ser reproducido.

Porqué no hace una inversión el departamento de turismo de nuestro país y co financia un hotel que se llame Sevilla, o España, total no sabrían en donde situarlos. En la puerta del hotel habría un mapa y ahí en Las Vegas se podría situar España como capital de Sevilla.

Esta inversión sería la más rentable de todos los tiempos. Todos pasan por aquí, sin sus pets, eso sí, pero seguro que tampoco interesa que los pets vayan a Sevilla. Todos pasan, incluso los japoneses que se dan cuenta que en el complementario de su país existe espacio, mucho espacio, para poder construir uno, o unos cientos, igualitos que el suyo. A ellos no les interesa su hotel, les vale con mirar.

El restaurante es modernista. ¿Qué es modernista? Seguro que es lo más parecido a moderno y nuevo. ¡Cómo me gustaría saber más de pintura! ¿Van Gogh y Cezane son contemporáneos?, ¿son modernistas? Desde luego la cristalera del techo no es de cristal, sino pura pintura.

No, no hay nieve y hace calor. Esto es el desierto pero no lo parece. La verdad es que aquí nada es lo que parece.