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martes, 5 de abril de 2011

Fin de semana


¡Ya estamos! El mar está tranquilo y templado. Te quedas quieto y ves cómo los peces saltan por aquí y allá en busca de alimento, o solamente para poner movimiento a esa extensión ondulada y marcada por la brisa, con el agua fresca hasta el cuello. Paloma está con una sonrisa constante en los labios, sus amigos están aquí. Nuestro campamento en la playa está debajo de un árbol cuyo tronco queda debajo de la arena, en la arena y sirve de colgador para lo que hemos traído.

Calor y sombra, paseos por la playa. Tumbonas para turista, todos leyendo debajo de la sombra de los árboles, como yo. Rocas acariciadas por el agua. Arena fina y oscura a veces irisada.

El océano ha llegado donde estábamos, la marea y las fuertes olas golpeando la arena son el hermano mayor y fuerte del placentero mar de antes, difícil entrar: respeto. El mismo paisaje, sigue haciendo calor, pero el océano ha conseguido el protagonismo que se esperaba de “el Pacífico”. Ya el árbol enterrado solo da sombra al mar, ya vamos camino de vuelta de la sal, en busca de agua dulce. Mañana más.

El mundo obediente, todo en orden, ¿cómo conseguirá hacerlo siempre? Nuestra casa en lo alto de una subida enorme, que al coche le cuesta subir, impresiona la cuesta ¿es que no tenían más terreno? Confortable, tres habitaciones, fresca artificial, con una vista al paraíso. Una camioneta de reparto con una estructura adosada estilo cangrejo ermitaño sube por nosotros la subida, con todos subidos. Y también la baja desde donde todo se ve hasta donde estás, donde vives un fin de semana en el mar, en el océano.

La cena, artificial para turistas, pero perfecta al aire libre y solo mucho más cara que si no lo fuera. Pero el aire de la noche, la compañía, la conversación, y la luna -hay que buscarla- hacen el resto. Ni siquiera estorba la parada para comprar souvenirs: ¡give me two! La temperatura, de niño asociada a las vacaciones, se cuela por los poros, ¡dios, que bien se está! Parece innecesario acabar, terminar. Tal vez esto sea el paraíso: amigos, conversación, temperatura,… comida. Éxtasis, por momentos parece ser innecesario hablar, flotar por encima de la mesa y solamente escuchar.

Más corto el regreso que la ida, la carretera abierta, la ciudad, que ha seguido ahí, espera la vuelta, la rutina espera feroz, impasible, pero será mañana, no hoy.

¡Que fácil es vivir en un país sin invierno! ¡Que fácil estar de vacaciones!