sábado, 13 de octubre de 2018

Concierto

Ya era domingo y estaba sentado en la catedral con el violín en el regazo. Hacía tiempo que entraba gente vestida con enormes y coloridos vestidos hacia los bancos delanteros. Mucha gente entraba por detrás, los cocineros ya habían limpiado los restos del fuego que seguía vivo por la mañana. La gente se quedaba de pie esperando. El murmullo que generaba llegaba a categoría de ruido.

Los bancos estaban delante y eran de madera. Un sacerdote joven esperaba los visitantes ataviados con grandes pelucas, y los llevaba a una posición determinada de antemano en los bancos. Desde mi asiento podía oler los fuertes perfumes que llevaban y pude ver como entraba el valído de Felpe V que me había contratado. Se sentó en el primer banco cerca de mi y de los otros músicos.

La catedral ya estaba repleta, se notaba por el olor, por el ruido amplificado por la altura de la catedral y me daba la sensación que hacía calor, mucho más que por la mañana. Todos estábamos esperando que algo pasara y pasó.

La puerta lateral del altar se abrió y se hizo el silencio, hasta los niños se callaron. El obispo, o alguien vestido de azul con una gran peluca y el vestido arrastrando por el suelo su gran cola salió por la puerta seguido por dos filas de cinco sacerdotes que lo escoltaban. El obispo se dirigió delante del altar, los sacerdotes cada uno a su asiento en dos filas una a cada lado. El silencio no fue debido a que la puerta se abriera sino a la entrada del personaje. Pude distinguir a lo lejos exclamaciones como calladas del aspecto se la comitiva que entraba hacia el altar, dos escalones por encima del suelo de la catedral.

Acabamos de tocar durante la escena, la música le añadía solemnidad. En latín porque yo no entendí nada de lo que decía, dio la bendición a todos los asistentes y empezó la misma ceremonia que había visto en mi pueblo y me sabía de memoria.

El obispo se sentó en su gran silla mirando al sacerdote que había intentado ayer que tocáramos juntos. Nos hizo una señal con sus brazos y las notas empezaron a surgir incrementado las exclamaciones de la plebe. Cuando se levantó el coro, diez personas con voces sorprendentes, el alto espacio de la catedral pareció ser invadido.

Cuando otra vez en el Kirie el sacerdote levantó sus manos la catedral, altísima, se llenó de música.

Pero fue cuando tocábamos el Sanctus cuando se produjo. Yo mismo, sentado en mi silla no pude por menos que darme cuenta que las notas de los violines, el movimiento de los brazos del sacerdote y las voces del coro que tenía detrás de mi, éramos capaces de crear un sonido que iba más allá de los primeros bancos, subía por encima de la plebe y. subía hacia la cúpula de la catedral, bajando después por los paredes de piedra. Alto y bajo, los agudos de las voces del coro hacían de contrapunto a las notas más altas de los violines. La catedral y la música eran algo mágico en lo que reconfortarse y en el que yo, y me imagino que todos los demás, éramos capaces de identificar que algo no normal estaba sucediendo, era como si Dios hubiera bajado.

Al acabar el Sanctus el obispo pareció quedare en silencio por aplastamiento. Ni los niños ni la gente de la plebe que abarrotaba más de media iglesia fue capaz siquiera de exclamar algo. Y el silencio se hizo tan clamoroso como el Sanctus que acabábamos de tocar.

El cura nos miraba con la mirada fija y con los brazos abajo sin saber que él había sido parte de lo que había escuchado y sentido, sabiendo que todos habían construido las notas que ahora continuaban en silencio.

Aunque el obispo llevaba muchos años repitiendo el rito, también se quedó callado. Seguro que si alguien le hubiese preguntado hubiese pedido a los músicos que continuaran porque hacia evidente que Dios había venido, mucho más acorde con lo que un día le enseñaron y creyó.

Unos segundos eternos después logró sobreponerse y empezó a hablar.
El obispo salió por la misma puerta por la que había entrado, escoltado por su séquito. El sacerdote empezó a saludarnos a todos. La plebe tardó en abandonar la catedral. Juan cogió su violín y salió de la catedral, le esperaban fuera en un carro, antes del atardecer habría llegado a casa.





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