sábado, 24 de marzo de 2018

El trono

La pregunta que me habían hecho era importante, la respuesta probablemente también lo sería. La sala estaba llena, notaba la expectación de la gente y por eso lo que dijera afectaría probablemente a la vida de todos. Me fijé en los ojos azules de una chica de la primera fila que no parpadeaban esperando mi respuesta y cómo en un momento se le cayó un bolígrafo rojo al suelo. Lo que dijera ahora probablemente era más importante para mi que para nadie

Eran verdes y muchos, tantos que parecían formar un terciopelo de color uniforme. La recién estrenada primavera dejaba una sensación como de sudor fresco pero sin calor. La roca en donde estaba sentado al que acudía siempre que tenía que decidir algo importante. La brisa soplaba fresca a esa altura en la montaña y el olor de resina de los arboles, movía los pinos y le ponía música a aquel lugar. Mis manos sentían las pequeñas piedras sobre la fría roca. Estaba en Canencia, orientado al norte, todo el valle a la vista, un fondo azul para las nubes, el verde de los pinos.

Todo empezaba cuando decidía que tenía que ir. Me subía al coche, conducía por la autopista, luego el coche subía por la carretera llena de curvas, entre los troncos de los pinos y su sombra. El breve paseo por el camino de tierra en subida. Ver mi roca detrás del recodo, unos segundos antes y pensarme sentado sin estarlo,... Cuando me sentaba en aquella roca, podía pensar en algo o no, decidir algo o no, pero lo primero que hacía era apreciar la vista, y, como si fuera el viejo rey de los asteroides, sentía que todo lo que veía me haría caso si se lo pidiera.

Toda la vida me las había apañado para no tomar decisiones. Siempre había conseguido que el destino se encargara de decidir, haciendo que una de la opciones casi fuera evidente.

El lugar en dónde tomaba mis decisiones no siempre fue el mismo. Aquel banco de madera, era tan duro como la piedra, el techo era muy alto, casi el cielo para mi tamaño, el fresco lo daba el tamaño de la iglesia del colegio, y una imaginaria brisa me refrescaba los piernas. Llevaba pantalones cortos.

Hace muchos años le prometí las estrellas a unos ojos azules. Me fui lejos de mi casa, dejé a mi padre y a mi madre, mi pasado,... y busqué cosas que me permitieran cumplir mi palabra. Sentado aquella noche debajo de las estrellas, al borde del mar, la brisa fresca en mi piel, no tomé ninguna decisión, solamente era posible una opción.

La vida siempre puso una montaña detrás de la última, muchas cosas que hacer, muchas amenazas. El camino se había convertido en objetivo y al revés. La realidad siempre se  empeñaba en llevarme la contraria.

Ahora mis hijos ya no me dejan conducir, mi abogado tampoco. Tal vez sea por mis años o porque me  muevo difícilmente, pero busco resumir, aprender a contar mi vida, recordar, ver, justificar,…

Después de muchos años, de olvidar aquellos ojos, aquellas promesas, de nuevo estoy sentado en mi silla, dispuesto a dar la respuesta definitiva.

La brisa empezó a mover mi camisa, la reconocí de inmediato, y me levanté a recoger el bolígrafo rojo y devolvérselo a aquellos ojos que parecieron sorprendidos.

Mi respuesta no tuvo nada que ver con espantapájaros, mucha gente me había llevado la contraria,  ni con elefantes voladores, todo el mundo sabe que existen, ni con ninguna reflexión profunda acerca de la vida.

Nadie pudo estar en desacuerdo con lo que dije.


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