miércoles, 3 de agosto de 2011

Dos errores


Cuando esto empezó, es decir, cuando las cosas empezaron a ir mal, o cuando nos dimos cuenta de lo grave que era el problema económico y lo mucho que nos iba a afectar individualmente, yo escribía que tal vez lo único mínimamente positivo era el cambio que íbamos a generar.

También criticaba a la juventud que estaba tan acomodada que no hacía absolutamente nada por mejorar ni cambiar. Consecuencia de la civilización que les estábamos entregando: algodones, ninguna necesidad. No se la merecían por no haber hecho nada para ganarla, ni por no merecerla como estaba.

En mi inocencia pensaba que algo iba a cambiar. No podía ser que el control de las cosas siguiera siendo local de los países y que las empresas cada vez más fueran globales, escapando a cualquier posible control.

El mundo, pensaba entonces, cambiaría estas cosas básicas, el orgullo de los países se iba a concentrar en el deporte, por ejemplo, y la economía empezaría a desempeñar el papel de vasos comunicantes, independiente de los políticos, que este mundo necesita para conseguir más igualdad y, curiosamente gracias a eso, mucho más progreso.

Pero ninguna de las dos cosas era verdad. Los mercados o la economía, obviamente con carácter global, es mucho más poderosa que los políticos y sus locales centros de poder. Estos se aferran a soluciones triviales que mantienen la economía del mercado y, de paso o tal vez por eso, su poder local. “Creemos una deuda europea, unamos esfuerzos todos los países, tengamos un ministro de economía único, creemos controles para que todos los países lo hagan igual”, dicen.

Blanca y en botella: ¿qué es España o Francia o Italia o Grecia o…? Pero si la solución es evidente: se trata de crear una estructura única de decisiones, sin las múltiples organizaciones repetidas que acaban haciendo lo mismo! ¿Porqué nuestros (españoles) y todos los políticos (en el mundo) no empiezan a pensar que el sistema que los ha elegido puede ser mejorado después de más de 200 años de no tocarlo? La respuesta es evidente. Es imposible que ellos lo hagan. Obviamente ni hablar de ningún partido político.

Mi madre me decía el otro día la vergüenza que le daba que los indignados acamparan en la Plaza Cataluña, ¡como la han dejado!, comentaba indignada.

No soy muy partidario de cambiar cosas por la fuerza ni nada que se le parezca. Me hacía reír el movimiento anti-globalización por absurdo. Me producía admiración los resultados de la revolución verde como forma calculada de generar nuevos negocios y encima mejorar el mundo.

No soy capaz de juzgar cómo funciona un movimiento que no entiendo. Pero me produce una cierta simpatía que la juventud, quiero pensar que son ellos, no acepte la sociedad que les estamos entregando. Probablemente sea la única forma de cambiar algo, ya que el colapso que nos ha sacudido y nos está sacudiendo no ha hecho nada para cambiar nada.  

1 comentario:

Ricardo J. Hernández dijo...

No puedo decir que no esté de acuerdo con todas y cada una de las reflexiones. Incluso con la de no entender, ni el movimiento, ni a los políticos, ni a los profetas del desacierto. Envidio a esa juventud -o no tan juventud- respondona, pero me temo que son cuatro gatos, porque los demás están -estamos- apoltronados. Y unos en la calle y otros en el sillón somos los mejores aliados de los políticos: "dejemos que armen un poco de jaleo". Lo único cierto es que el sistema está acabado. Para casi todos.